GHOSTING, PAPEO Y POLARIZACIÓN: lo que nos dejaron estos tres días de debate presidencial
Los tres primeros días de debate presidencial organizado por el Jurado Nacional de Elecciones en el Centro de Convenciones de Lima, dejaron una impresión bastante clara: pocas propuestas claras, viables, muchos enfrentamientos y agendas sorprendentemente repetidas. Los 36 candidatos, distribuidos en bloques de 12 durante las tres fechas, coincidieron en colocar la seguridad ciudadana y la corrupción en el centro de sus presentaciones, aunque con matices distintos y con escasa profundidad técnica en varios casos. Más que un intercambio de planes de gobierno, lo que se vio fue una competencia por quién lograba dejar pero parado a su rival y por instalar una narrativa de autoridad, urgencia y control.
Ese predominio de la seguridad no fue casual. En un país golpeado por la extorsión, el crimen organizado y la desconfianza en las instituciones, la mayoría de los candidatos apeló a fórmulas similares: mano dura, reformas policiales, construcción de mega cárceles, ampliación de efectivos policiales de investigación, fusión de ministerios, endurecimiento de penas y promesas de mayor presencia del Estado. El problema es que, aunque el diagnóstico fue compartido, las soluciones no siempre pasaron de consignas amplias. En ese sentido, el debate mostró una vieja constante de la política peruana: abundan los consensos en el diagnóstico, pero escasean las rutas concretas para resolverlos.
A la par de las propuestas, el debate también dejó ver el tono real de la campaña: confrontación, acusaciones cruzadas y búsqueda de impacto mediático. En la primera fecha, se instaló una narrativa que atravesaría toda la semana: la de “todos contra todos”. Fernando “Popi” Olivera volvió a apostar por el estilo confrontacional que lo caracteriza, Rafael López Aliaga defendió su gestión municipal como prueba de capacidad ejecutiva, y César Acuña y José Luna fueron blanco recurrente de cuestionamientos sobre credibilidad y antecedentes. En contraste, Marisol Pérez Tello intentó marcar distancia con un tono más técnico y moderado, apostando por proyectar solvencia antes que espectáculo, lo que generó comentarios positivos en parte del análisis posterior.
Durante la segunda fecha, algunos candidatos apostaron por mostrarse como outsiders, criticando la “vieja política” y responsabilizando a las élites tradicionales de la crisis institucional; otros intentaron presentarse como gestores experimentados capaces de devolver estabilidad al país. Este contraste, outsider versus experiencia, empezó a perfilarse como una de las tensiones narrativas centrales de la campaña. Sin embargo, en esta fecha no hubo ningún ganador, abundaron las promesas generales y escasearon los mecanismos concretos. En la tercera fecha, hubo cruces entre Keiko Fujimori, Jorge Nieto, Mesías Guevara, Ronald Atencio, Enrique Valderrama y Mario Vizcarra, con acusaciones sobre “leyes pro-crimen”, pactos de impunidad y responsabilidad política en la crisis institucional. Uno de los momentos más comentados fue el intercambio entre Keiko Fujimori y Mesías Guevara, que terminó resumido en expresiones como “ghosting” y “papear”, una señal de cómo parte de la competencia electoral se desplazó hacia el terreno del golpe rápido y la frase viral.
Sin embargo, reducir lo ocurrido a un espectáculo de frases sería quedarse corto. Lo que el debate confirmó es que el sistema político peruano sigue atrapado entre la fragmentación y la polarización, con candidaturas que intentan diferenciarse más por el antagonismo que por el detalle programático. El cierre del primer ciclo, además, dejó la sensación de que la campaña ya entró en una lógica de choque permanente, donde cada candidato busca dominar el titular del día siguiente. En ese contexto, el debate no solo mostró quiénes hablan más fuerte, sino también la dificultad de convertir la indignación social en una propuesta de gobierno seria.
En conjunto, los tres días de debate dejaron una conclusión incómoda: la política peruana parece haberse acostumbrado a hablar con urgencia, pero no necesariamente con profundidad. Hubo diagnósticos dramáticos, promesas ambiciosas y frases diseñadas para circular en redes antes que para sostenerse en la gestión pública. La campaña ha entrado en su fase más ruidosa, donde el golpe retórico pesa más que la viabilidad técnica y donde la indignación compite con la improvisación. El país, sin embargo, enfrenta problemas demasiado reales para resolverse con titulares virales. Tras este primer ciclo, la pregunta ya no es quién atacó mejor en el debate, sino quién podrá demostrar que sabe gobernar más allá del estudio de televisión.
✍🏻 𝗖𝗿𝗶𝘀𝘁𝗶𝗮𝗻 𝗥𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗣𝗼𝗿𝘁𝗼𝗰𝗮𝗿𝗿𝗲𝗿𝗼. 𝗣𝗼𝗹𝗶𝘁𝗼𝗹𝗼𝗴𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗙𝗮𝗰𝘂𝗹𝘁𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗖𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗣𝗼𝗹𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗮 𝘆 𝗚𝗼𝗯𝗶𝗲𝗿𝗻𝗼 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗣𝗼𝗻𝘁𝗶𝗳𝗶𝗰𝗶𝗮 𝗨𝗻𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗖𝗮𝘁𝗼́𝗹𝗶𝗰𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝗣𝗲𝗿𝘂́ (X Ciclo), apasionado por investigar la calidad de la democracia, la democratización en América Latina en perspectiva comparada, relaciones internacionales, para diplomacia, gestión pública, opinión pública, elecciones y gobiernos subnacionales en América Latina.




